Miguel Ortega Pereira el Agosto 26, 2008

Las obras que están relacionadas con lo gótico campan a sus anchas por las librerías especializadas en estos momentos. Algunas de ellas son interesantes, pero otras no son más que meras repeticiones, revisiones nada originales de temas ya exhaustos. Principalmente porque hay una relación tan estrecha entre esa imagen, esa moda y los actores principales de la obra que no caben segundas lecturas, no hay temas secundarios que se impongan a la trama primaria que se presenta al lector como herramienta narrativa de la historia.

Sin embargo, en ciertas ocasiones sí nos encontramos con excepciones a dichos cánones establecidos. Hablo de Aída en el Confín de Vanna Vinci que publicó Dolmen Editorial hace apenas dos meses. La joven autora italiana ha sido capaz de fusionar lo oscuro, lo gótico e incluso diría lo autobiográfico en algo más de cien páginas. Justamente la identidad de este cómic no se sustenta en temas modernos, ni en seguir ciertas corrientes alternativas tan impuestas en los últimos años, sino que, sin duda alguna, es una obra personal e histórica. De hecho, se plasman veladamente ciertos arrebatos de furia interna de Vanna Vinci que son realmente encomiables, por su gran puesta en escena, con una serie de viñetas totalmente desgarradoras, sobre todo en la segunda parte de la obra.

Aída en el Confín nos introduce en la, por así decirlo, trastocada mente de Aída, una joven italiana que vuelve a los orígenes familiares. Irónicamente este viaje le llevará mucho más atrás en la historia de lo que a priori desearía. En plena reflexión vital tras separarse de su pareja sentimental vuelve al Trieste, lugar de donde eran sus abuelos, para despejarse, encontrarse consigo misma o, mejor dicho, encontrar una salida a una vida saturada desde el punto de vista anímico.

Pese a las atenciones de su prima Mara que hace las veces de cicerone, Aída se “reencuentra” con sus abuelos, es decir, sus personificaciones fantasmales en la tierra, aludiendo que les falta algo que hacer todavía en el mundo de los vivos, reivindicando la ayuda de Aída para poder alcanzar el descanso eterno. Sin embargo, nos son los únicos encuentros que Aída se verá obligada a soportar, sino que será la desencadenante de un regreso a un pasado horrible, belicista, al verse obligada a averiguar la muerte de Nino, otra aparición, que guarda parentesco familiar con sus abuelos.

Y tras apenas unas páginas Vanna Vinci, viñeta a viñeta, atrapa al lector gracias a su máquina de sombras y recuerdos. Provoca una identificación a marchas forzadas con una serie de mentes atormentadas, las de Aída y Nino. Una identificación que se convierte en búsqueda personal de Aída sobre sí misma, aunque Nino sea el mensajero entre dos mundos, el terrenal y el no terrenal. Hay una unión casi tangible, no metafórica, entre la vida y la muerte. La vida reflejada en las dudas de Aída y la muerte representada por las apariciones (¿acaso no provocadas?) de la que es testigo de excepción la joven protagonista.

La última parte de Aída en el Confín se convierte en viaje al pasado en primera persona. Una auténtico aluvión de imágenes en blanco y negro (atentos a los lápices de Vanna Vinci que son excepcionales) sobre los aborrecibles crímenes de la II Guerra Mundial, pese a que luego se salta hacia su hermana mayor, en propias palabras de Vanna Vinci “para mi generación hablar de la I Guerra Mundial es como hablar de las Guerras Púnicas”. Todo en Aída en el Confín huele a “only yesterday”, a antiguo, a leyendas sobre brujas y casas encantadas, pese a que Vanna Vinci busca mezclar lo real y lo irreal. Para los cinéfilos como un servidor, es como volver a ver los parajes ensombrecidos y misteriosos de Rebeca de Alfred Hitchcock o visualizar en dibujos las reflexiones de Dragonfly.

Una obra que, de antemano, se antoja como obra de “relecturas” y que deja con ganas de leer e investigar más sobre Vanna Vinci, autora asentada en su país natal, pero desgraciadamente desconocida, hasta ahora, en España.

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